miércoles, 21 de abril de 2010

yendo a una plaza de mercado

Llegar a la plaza de Abastos es como llegar a un barrio donde la gente nunca duerme, las casas permanecen abiertas y hay luces por todas partes. Son las cinco de la mañana y extrañamente no hace frío. A lo lejos, se ven varios camiones y de ellos salen algunos hombres llevando a cuestas el peso de su trabajo: cebollas, papas, tomates y frutas que, en kilogramos, parecen superar a los de sus cuerpos. A ellos les llaman coteros, a los clientes mona, princesa, pelada, parcero, hermano, llave, caballero, -señorita ¿qué necesita?


La plaza tiene un poco de toda Colombia: zona bananera, cafetera, comida de mar y hasta cosechas de mango, maíz y arracachas. La mayoría de los locales son estrechos, y dentro de ellos se arriendan pedazos de tierra. Ana, una señora de 40 años perfectamente maquillada, lleva dos años y medio vendiendo espinacas en un espacio tan pequeño como un cuarto de San Alejo. Solo una vez logró hacer trescientos mil pesos, ahora se hace a diario veinte o treinta mil. -Si no se vende la espinaca en dos días, ya paila. Ese es el riesgo de este negocio.

En otra bodega hay montañas de ahuyamas y en una de ellas, justo en la cima, han puesto una cruz pobre hecha en papel crepé, pero abajo, en el cemento y el lodo, aparece un señor de bigote que pone tres cajas en la espalda de un niño:-póngame una más que ya me voy- . Él, al igual que esa montaña, tenía una cruz colgando de su cuello.

Afuera, cuando el cielo revela la mañana, se forman laberintos en medio de los carros. de la puerta destartalada de una camioneta sale Miguel con un buso sucio de color naranja, acomodando todas las cajas que su hermano trae desde algún lugar remoto de esta plaza de pobres y ricos. Él trabaja desde las cuatro de la mañana hasta las ocho. El problema es que le pagan cuatro mil pesos. El problema es que tiene 13 años.

En Abastos hay Casino, se hacen rifas y fiestecitas que dejan a más de un borracho en el camino. En una pecera hay cientos de cangrejos que parecen estar muertos pero eso solo se sabe cuando los llevan a una licuadora y los mezclan con miel, brandi, jugo de borojó y vitaminas para preparar un “berraquillo” que, según Jenny, es afrodisíaco, levantamuertos y hace el milagro de traer hijos al mundo.

con la impresión de haber recorrido toda la plaza, me acerco a la salida de la bodega principal  y aparece un paisa de 57 años con guitarra en mano- ¡para las niñas con amor! hoy cariñosamente mi corazón les vengo a dar…- lo curioso no era la letra, ni su facha de buen caldense que intenta ser galán, sino su envidiable expresión de felicidad, cantando sin miedo a los chiflidos y las risas de los vendedores. Cuando terminó, tres personas lo aplaudieron y al preguntarle qué hacía allí solo dijo- ¡Eh ave María! Hay que ser avispado, si canto en una plaza por lo menos tomates me tendrán que tirar.

miércoles, 14 de abril de 2010

Anécdota

Ya era costumbre que Sandra Castro tomara el mismo bus rojo y destartalado a las tres y media de la tarde, hora en la terminaba de dictar clases. Siempre fue la primera pasajera y trataba de sentarse en la penúltima silla para que nadie la molestara. Poco a poco se fue llenando el bus, pero no había pasajeros de pie. De repente, un gamín se subió por la puerta de adelante y con la punta de la registradora rompió una botella. Todos en el bus quedaron atónitos. Sandra, trató de esconder el bolso y empezó a rezar. El gamín, con cara de malgenio, les dijo:- buenas tardes-, pero nadie atendió a su saludo, todos miraban por la ventana evadiendo al personaje y su desagradable olor.- ¡Qué buenas tardes les dije! qué pareceros, ¿es que no piensan responder?- y la mayoría, como si fueran alumnos de primaria, respondieron al maestro con temor.


Una mujer, en medio de su nerviosismo, le pidió al hombre que se llevara sus cosas y la dejara bajar del bus, pero él les advirtió que ninguno podía moverse de donde estaba. Para ese momento no había duda de que se trataba de un robo, pero bastaron dos segundos para que los pasajeros se dieran cuenta que de su chaqueta vieja sacaba un palo de escoba y de repente, como si se tratara de una puesta en escena, el gamín empezó a cantar al estilo del heavy metal una canción de Juanes. Exigía aplausos y todo tipo de alabanzas que terminaron cuando él decidió regalarle su micrófono a Sandra Castro y se despidió diciéndole:- nena, nos vemos en una próxima gira.

Así el bus quedó en silencio.

martes, 23 de marzo de 2010

Apuntes sobre periodismo digital

Si hay algo de lo que debemos ser conscientes los periodistas, es de los nuevos retos que nos exige la web en términos de calidad y eficiencia. Sabemos que el principal objetivo a la hora de escribir es informar, pero para ello es importante tener en cuenta las necesidades de los usuarios. Escribir, redactar y presentar contenidos noticiosos para internet requiere entonces de un proceso ágil que reconozca y facilite la experiencia de los lectores digitales. Según el Manual para escribir en la web “Tienes 5 segundos”, de Juan Carlos Camus, los usuarios ojean rápidamente el sitio para encontrar aquello que es de su interés, centran su atención en letras grandes más que en las imágenes y desean la mayor cantidad de información posible en pocas palabras, en un lenguaje claro y directo. Esta situación hace que repensemos nuestros propósitos a la hora de escribir, de modo que la premisa de informar debe enlazarse con la de ordenar para comunicar.


Toda pieza informativa presentada en un sitio web compite a diario con el resto para cautivar a los usuarios y por ello es crucial que los contenidos sean construidos desde una identidad propia y desde conceptos de calidad y utilidad: la jerarquización de los datos, una escritura limpia y objetiva, un título concreto pero rico en información y un lenguaje sucinto y comprensible, son algunas de las características que pueden aprovecharse para posicionar nuestros productos periodísticos. También, a la hora de escribir, no hay que olvidar las normas generales introducidas por la ya conocida pirámide invertida, la construcción de párrafos que contienen una única idea y la preferencia a los hechos más que a los juicios.

Teniendo claro lo anterior, vale la pena reconocer las ventajas que nos ofrece internet al ser el medio interactivo por excelencia. Esta virtud hace que los contenidos escritos sean reforzados y complementados por soportes como audios, videos, infografías o íconos que le proporcionan al usuario una experiencia más atractiva y participativa, generando nuevos espacios de construcción colectiva y de opinión. Asimismo, internet nos permite llegar a miles de personas sin importar sus diferencias y limitaciones, pues aún si conocer a la persona que está al otro lado de la pantalla, sabemos que tiene preferencias, necesidades y distintas formas de interactuar en la web. Por lo tanto, el trabajo digital debe también desarrollarse en términos de accesibilidad, ya que, en últimas, son los usuarios quienes reconocen la calidad de nuestros contenidos.

Además, para garantizar el crecimiento de adeptos a nuestro sitio web hay que reforzar la credibilidad a través del reconocimiento a las fuentes tratadas en las piezas periodísticas, en la organización de la página, en la cantidad de servicios y productos dispuestos para los usuarios, en la confianza que debe generar el trabajo de quien escribe y elabora todos los contenidos, en la seriedad y confianza que puede proporcionar el diseño de lugar, en la usabilidad, la actualización, la promoción y en el interés por minimizar los errores. Estas características permitirán que el sitio web pueda posicionarse y diferenciarse entre la vasta cantidad de portales de noticias ya existentes. La clave es innovar con calidad y responsabilidad para cumplir con los desafíos que la web y el oficio periodístico nos exige, que por supuesto, se alejan cada vez más de las estructuras y las formas tradicionales de información. Ahora, contar la realidad del mundo va más allá de las palabras, del tiempo y el lugar, este es el nuevo reto de lo que hoy conocemos como periodismo digital.

jueves, 18 de marzo de 2010

La mujer de la cárcel Modelo

Dentro de la cárcel pareciera que el mismo aire pasara por seis mil pulmones en tiempo récord. Hay un olor especial, similar al de las plazas de mercado donde los pájaros enjaulados mueren o esperan su libertad. Al final de un pasillo, aparecen dos puertas de hierro; una, tiene dos vidrios circulares donde algunos presos se asoman esperando ver algo nuevo; la otra, se abre y da paso a un par de tacones rojos de ocho centímetros que aguantan a un hombre de un metro con noventa de altura y de voz grave intentando ser dulce. Se llama Henry de bautizo pero ha sido Jessica desde siempre.


Afuera, el aire no pesa y corre libre. En la entrada de la cárcel hay un letrero que intenta explicar que en la Modelo se cultiva cultura de libertad. Llama la atención que justo al frente, en medio de basuras y calles rotas, han clavado una leyenda que más bien parece un chiste flojo: “tú haces el ambiente Inpec-able”. Jessica ha tratado durante nueve años y dos meses poner en práctica ambas premisas en el patio tres de esta cárcel para hombres. Su celda, de luz pobre, dos veces más grande que un ascensor para seis personas, con un espejo largo como para verse de perfil pero no de frente y una caja vieja llena de ropa de mujer, es el lugar más limpio de todo el establecimiento, quizás, uno de los más privilegiados. Todos los días tarda una hora en arreglarse. A sus cincuenta años le gusta usar pantalones ajustados con algún detalle especial, como uno de sus favoritos que dice “sexy” justo en el centro de su nalga izquierda. Se siente cómoda con el escote de sus blusas que dejan al descubierto un poco de su brasier talla treinta y ocho. Nunca olvida retocar el maquillaje de sus cejas, pestañas, pómulos y de sus anchos labios. Al final, pone una pañoleta en su cabeza para ocultar la alopecia, toma el bolso y se siente lista para salir a caminar con elegancia en medio del hacinamiento, entre burlas escabrosas y vulgaridades que con el tiempo aprendió a ignorar. Hoy en día, simplemente dice ―gracias papacitos, ¿yo qué haría sin ustedes?― manda besos y sonríe con naturalidad.

Ella, con delicadeza, se sienta en una silla cualquiera dentro de un consultorio médico para contarme su vida en una sesión de tres horas, como si se tratara de una terapia para desahogar sus pensamientos. Sin dejar de cruzar sus piernas perfectamente depiladas, cierra los ojos para recordar los primeros días de condena, cuando vivía entre violadores, homicidas y personas con VIH. Las riñas diarias, que terminaban en muerte, hicieron que el miedo se convirtiera en su mayor debilidad, pues su condición de homosexual y transgenerista la hacía, más que a nadie, vulnerable al riesgo. Cada vez que salía de su encierro, uno que otro cacique o Pluma, como le llaman a los presos de poder, mandaba a alguno de sus pupilos a tirarle palos, papas y botellas en manifiesto a su hombría. Su único consuelo era la presencia de otro travesti, que luego de unos días fue remitido a otra cárcel. Así, esta mujer de espíritu y corazón aprendió a vivir sola, a fuerza de trabajos y de una larga espera de visitas que nunca llegaron.

Ahora, la “Jessi”, como le dicen algunos guardias y compañeros de patio, es uno de los internos más antiguos. El tiempo y el encierro la convirtieron en una figura de poder y reconocimiento dentro de la cárcel. Solo ella, desde hace tres meses, tiene la posibilidad de salir 72 horas cada dos meses en estímulo a su buen comportamiento y a su participación en jornadas de aseo o peluquería. Todos los días, desde muy temprano, visita hasta las celdas más olvidadas para escuchar las necesidades de los internos: les lleva ropa de hombre y cobijas de algunos conocidos que salieron en libertad. ―Los consiento, bailo con ellos, les arreglo el cabello, las uñas. Algunos chicos de buena voluntad me dan bonificaciones por mi trabajo, a veces con papel higiénico, a veces, con galleticas―. En su bolso rojo, que más bien parece un morral desgastado, carga un par de hojas escritas de su puño y letra. Allí consigna algunas inquietudes de los reos, y luego, cada vez que puede, se acerca a las directivas de la Modelo para entregarles esa lista de penas y necesidades, en busca de colchonetas y ayuda sicológica. Ahora que puede jactarse de su fama y sus buenas obras, sin que alguien llegue a molestarla, me cuenta que gracias a su trabajo gratuito pero lleno de voluntad, ha logrado hacer de su patio un lugar más digno, con algunas mesas para no comer como animales y un par de sillas para que los más ancianos puedan ver con tranquilidad cómo acaba otro día.

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Claudia Penagos, la única fisioterapeuta de esta cárcel superpoblada, sabe del poder que Jessica posee, porque en medio de gestos tiernos y visitas esporádicas a su consultorio, le recomienda atender mucho más rápido a los internos con los que mantiene discretos romances. Casi siempre se trata de jóvenes con algún encanto que llevan a cuestas el peso de su soledad. Alejandro, con fama de ser el preso más apuesto e instruido de toda la cárcel, aún tiene paciencia cuando Jessica lo ve y le dice que es su marido. Él y todos lo que están cerca se echan a reír mientras alza la mano para mostrar el anillo de su dedo anular recordándole que allá afuera está su mujer que lo espera. A pesar de sus intentos sentimentales, Jessica no olvida la razón de su condena, que más allá de tratarse de un malentendido, es la defensa de un amor, un amor que después de casi diez años se arrepiente de haber conocido porque prometió estar con ella hasta el final si tenía el valor de encubrirlo en un homicidio resultado de una dosis de puñales, tragos y drogas. Tras cuatro meses de audiencias negó la verdad por temor y solo hasta el día en que la juez la sentenció pudo entender que la confianza que le daba su inocencia la había traicionado. Su libertad, al igual que el hombre que la culpó, se marchó para siempre.

Detrás de su mirada coqueta y sus gestos de profunda feminidad se escapa un grito ―Me encantan los hombres pero ¡cómo los odio!―. Su experiencia la ha hecho concluir que ninguno la ha querido de verdad. Sin ser fatalista me dice que aquellos que se le han acercado le brindan compañía y cariño, pero nunca amor, porque la relación con el paso de los años se vuelve costumbre, falsa, interesada, llena de infidelidades y maldad. Únicamente han visto en ella un refugio, a veces, un desacierto. Jessica suspira y se va por un momento. Después de unos minutos me cuenta, en forma de secreto, que mantiene una relación a distancia con un hombre que conoció en la cárcel, todos los días hablan por teléfono y comparten con palabras sus soledades. Ella, solo cuando cuelga, recuerda sus traiciones. Prefiere no decir mucho al respecto.

Marco, un joven de 25 años portador del VIH, quiso contarme que luego de las cinco de la tarde, cuando los guardias cierran bajo llave las puertas de cada patio, Jessica suele sentarse en una banca a llorar. Él cree que es por falta de amor; ella sabe que es por una frustración a causa del encierro, que no le permitió ver a su madre antes de morir pero sí le dio la oportunidad de abrazar el ataúd de su padre en la ciudad de Ibagué. Jessica tiene dos formas de expresar su vida; una, con alegría y carácter; otra, con dolor por lo perdido. Esa es la cruz que lleva todos los días. No se arrepiente de haberse ido de su casa a los 15 años, de dejar a sus ocho hermanos y a sus padres ejemplares. Todo lo arriesgó para defender su identidad, para usar labiales y vestidos sin que nadie le dijera que estaba mal, para tomar hormonas femeninas y a los 37, haberse puesto implantes en el pecho y en las caderas. De lo que sí se arrepiente es de no haberle dicho a nadie que desde los siete años un hombre la violaba, que más tarde en las calles se prostituyó para pagar un arriendo y poder comer, que las cicatrices en los brazos son producto del maltrato y que durante toda su vida creyó en el amor hasta el día en que descubrió que gracias a él y a una estúpida pared no podía ver crecer a sus sobrinos.

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La única cafetería de la cárcel Modelo está en el patio tres. Jessica se tomaba un café para calmar el frío y viajar nuevamente al pasado. Ella le pagó al muchacho que atendía con tres cigarrillos y le picó el ojo. Recuerda que la peor experiencia de su vida fue su traslado a la cárcel de Cómbita, una cárcel de alta seguridad en el departamento de Boyacá. Fue la interna 1500. Siempre ha pensado que la primera impresión es la que cuenta, así que ese día se arregló como nunca. De repente, su voz se quebrantó y ella se derrumbó en llanto: trataba de explicarme que luego de dar unos pasos en esa cárcel le pusieron grilletes en los pies y en las manos como si se tratara de un monstruo, le quitaron la ropa, su maquillaje, le cortaron el pelo y la poca libertad que le quedaba. Durante 43 días la obligaron a vestirse como hombre, pero siempre se ingenió la forma de quitarse la ropa hasta quedar en interiores, sin importar cuánto frío tuviera que aguantar. Su barba había crecido considerablemente. Hasta ese punto pensó que prefería morirse antes de seguir siendo tratada como un objeto sin valor. Gracias a Ana María Escobar, Jefe de prensa de la cárcel Modelo, Jessica volvió a Bogotá, aprendió sobre Derechos Humanos y las labores de la Defensoría del Pueblo. Desde ese día se siente la mujer más afortunada. Ya no había más torturas.

Falta media hora para que se acabe la terapia que ayuda a desahogar los pensamientos. Jessica se retoca suavemente el maquillaje corrido por el rastro de sus lágrimas y cambiando radicalmente el tema, me dice que la novela de las ocho está buenísima pero a veces está tan cansada que se queda dormida. Nadie pensaría que en la cárcel hay mucho que hacer, pero ella rompe ese falso mito maquinado por los que no aprovechamos o valoramos cada minuto de libertad. ―El día que no pego un grito o no me ven caminando por ahí, ese día me extrañan―. Solo el dolor de la fibrosis causado por sus viejos implantes hacen que Jessica no salga de su celda. ―Siento un malestar muy fuerte, por eso me quedo quietica, me he hecho cirugías por gusto, pero nunca me comparo con las mujeres, porque ellas son creación, nosotras, somos postizas―. Nuevamente vuelve a su rostro una sonrisa coqueta.

Cuando sale de la cárcel toma un taxi, va a centros comerciales, iglesias, compra detallitos para algunos internos y siente que vuelve a vivir. La diferencia es que en la calle ya no es “la Jessi”, sino una persona como cualquier otra, que intenta seguir adelante a pesar de su miedo a no encontrar amigos y a no cumplir sus sueños, como el de volver a ver a sus hermanas y tener su propio salón de belleza con una foto de Jessica Lange, la protagonista de King Kong de los años setenta a la cual le copió su nombre y una que otra mirada. Trayendo su mente de nuevo a la cárcel agitó fuertemente las manos y todas sus pulseras sonaron como un cascabel. Así me contó que en el mes de agosto acabará de pagar su condena. Sin embargo, ella sabe que su deuda con la vida terminará el día en que por fin pueda visitar los ladrillos de la tumba de sus padres. Solo hasta ese momento podrá encontrarse con ella misma. Mientras cierran su celda se despide de mí y guarda, como todas las noches debajo del colchón, unas cuantas palabras para olvidar los tiempos en que el amor pudo más que la verdad. Por ahora seguirá siendo Jessica, la mujer de la cárcel modelo, esa a la que no le importa quitarse los tacones para darle una cachetada al que la merezca.

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Memoria de una plaza en silencio

Para este mes, perdí la cuenta de las veces que he ido a la plaza de Bolívar, simplemente porque en la mayoría de visitas  he tenido que explicarle a mis compañeros de carrera la historia de este lugar y  hacer un análisis sobre la arquitectura, entre otros temas que no vale la pena mencionar. Sin embargo, en mi última visita las cosas fueron diferentes y quizás por eso será muy difícil olvidar lo que viví: ese día no miré, contemplé,  no pensé en mí, sino en el otro, no oí, escuché.

Cada parte de la plaza  es una historia diferente, cada mirada cansada pero esperanzadora  ha sido testigo de la historia de un país que ha pasado por guerras y pérdidas que  se conservan en el silencio. Qué mejor lugar para sentarme, con lápiz  y papel en mano, junto a un adulto que “calentándose”  con el sol bogotano de la tarde me contaba lo que pensaba sobre la espesa y oscura niebla de los crímenes de estado, un tema que duele al recordar pero que aún sigue latente  en el día a día de los colombianos. Por eso, era entendible que algunas personas me dejaran con media palabra en la boca y se fueran porque la sola idea de pensar en el estado les causaba malestar o ya bien fuera porque la lógica moderna no les dio permiso para  hablar aunque fuera un minuto sobre el dolor que les puede causar tantas muertes injustas que pareciera no cargar al hombro el país. Desafortunadamente, todo apunta a que estamos destinados a vivir en un mundo contra reloj.

Qué otro lugar que no fuera la plaza para hacer memoria de las bofetadas que le han dado al pueblo colombiano. Hablar de crimen de estado es hablar de represión, entendida en un término colectivo, comprendido por jóvenes y adultos mayores que ven imposible en Colombia la libertad de pensamiento y más aún cuando es en manos del estado que recae la muerte de tantos seres, familiares, amigos, conocidos, porque una verdadera disculpa o siquiera  la aceptación de los errores  no se ha ni se efectuará por parte del gobierno  que  cada vez que puede se aprovecha del poder que  la gente les ha otorgado. Sin embargo, si se juzga al estado se estaría juzgando en un sentido mas amplio a todos los colombianos porque cada ciudadano tiene deberes que a veces pareciera olvidársenos, y como buenos colombianos casi siempre aquello que se nos ha asignado, lo hacemos hasta el ultimo momento, en el fin de los tiempos.  Hablando con la gente, se me vino a la cabeza una idea Husserliana que refuerza  el pensamiento de los colombianos, y es que  si un crimen se ve como una represión, esto significaría  el freno  total a los impulsos del espíritu  haciendo que el sentido de la existencia del hombre pierda valor en el mundo, si no se puede pensar libremente, no se puede entender  nuestra realidad simplemente porque no hay justicia. “pensar, es desaparecer” como me dijo uno de los entrevistados, ya que al pensar en  divulgar una verdad, se está asumiendo el riesgo de morir por no callar. La violencia  fragmenta  aquello que para algunos es totalmente significativo, el mal pone en crisis el mito, la verdad ultima humana. Es así, como el derecho a la libre expresión toma otro rol: el de ser un privilegio.

La muerte de Galán, la toma del palacio de justicia, hasta la muerte de Garzón han sido golpes muy fuertes para nosotros los colombianos, y ¿qué podría decirse de aquellos crímenes de estado que  se han ahogado en el silencio, en la indeferencia del estado y la impunidad? secuestrados, desaparecidos, y desplazados son señalados por el pueblo como obra de los malos tratos, de aquello que el  gobierno hace por debajo de cuerda, buscando culpables, creando cortinas de humo en los medios, que más de un colombiano toma como verdad.

No puedo ser indiferente al caso de la señora Maria del Carmen Leal, una mujer de 57años que ha vivido el drama del desplazamiento por generaciones, lleva ese dolor en la sangre, sus sueños frustrados porque según ella, las cosas son de otro color en la capital, la tierra, la casa, los animales, se han ido y ha chocado con el pavimento, el ruido de la urbe,  otra vida diferente que deseaba para sus hijos.  El pensamiento de Riké es aplicable en la situación del desplazado pues en términos generales, su forma de entender la realidad,  ha sido suprimida por la violencia que ha roto totalmente el sentido de lo que para él es sagrado, esto es, su vida antes del desplazamiento. Llegar a una cuidad como Bogotá después de tener lo necesario para vivir en completa tranquilidad, significa volver a nacer, enterrando la posibilidad de volver a la vida campesina. Se vuelve casi una obligación la acción de integrarse al mundo moderno capitalista que vive por el “progreso”, la eficacia, con el fin del reconocimiento.

La indiferencia es uno de los peores enemigos del hombre, y lo digo porque durante la tarde se me acercó un hombre que llevaba una niña de brazos y a su lado una mujer, deseando contarme la desgracia de su situación, no quedando duda de eso, por su semblante y la de su familia. Lo que verdaderamente me paró en el tiempo, luego de haberle dado unas pocas monedas fue su reacción, sonriendo, dijo:- “¿si ves? por fin alguien se da cuenta de que estamos pidiendo auxilio, que alegría”. Luego se fueron. Esta pequeña pero  dura situación, me abrió los ojos hacia una verdad  a la que la victima cada día se enfrenta, una tragedia que va más allá de lo material: vivir como si fuera transparente, como un objeto innecesario, la impotencia de no poder  defenderse, de apelar por unos derechos que le corresponde. Solo esa familia sabe lo que se siente.

Las víctimas están en todas partes, pero nos hacemos siempre los de la vista gorda, evadimos un compromiso que tiene nuestro espíritu con los demás, de cierta forma, también somos victimas de otro tipo de cosas, de la velocidad del mundo en el que buscamos prioritariamente suplir las necesidades materiales  que dejan en un segundo plano las necesidades del alma. No obstante, los colombianos sentimos la presión de la culpa, todos sabemos  lo que pasa a diario, muchas veces nos lavamos las manos  juzgando a otros, pero nuestra culpa crece en silencio, disimuladamente, pocos se atreven a divulgarlo y a señalar las penas que se deben ejecutar por los delitos del pasado, del presente.

La mayoría de las personas con las que hable en la plaza, convergen en que los crímenes de estado, tras ser investigados, deben ser  castigados de diferente manera a como se juzgan los crímenes cometidos por los grupos al margen de la ley, a pesar de que ambos terminaron con la vida de muchas personas y dejaron recuerdos imborrables en nuestra mente. El castigo, debería ser aun más severo puesto que se ha abusado de la confianza del pueblo colombiano. Más allá de una cuestión de igualdad de condiciones, el castigo da la oportunidad de aliviar las culpas y no dejar en el viento las arbitrariedades que se han dado a lo largo de la historia. El problema real es a quien o a quienes  se les señalará, pero, para que esto se materialice, podrá pasar mucho tiempo. La incertidumbre esta en todos los rincones, los culpables de los crímenes pueden pasarnos por el lado y  no nos daremos cuenta, pues el silencio se maquilla y muestra la patética fachada del “yo no fui”.  A pesar de esto,  queda el consuelo  de que el mayor castigo espiritual consiste en callar aquello que se ha hecho, haciendo que la mancha del pecado o mancilla  crezca más. Entonces surge el remordimiento.

El pueblo a pesar de ser victima, de ser maltratados como dice Maria del Carmen “en nuestros servicios, en lo mínimo, en lo básico, en la aguapanela y un pan…”  deja en claro que la ley  y los derechos humanos son los encargados de hacer los señalamientos a los crímenes de estado  porque en ellos se reflejan la buena conducta del hombre, y constatan la ideología  colectiva, la subjetividad social de lo que significa “el bien”. 

De ese día en la plaza. que conecta y a la vez separa a la gente. me llevo las ideas, las opiniones de esas personas que todas las tardes en ese lugar hacen memoria y recuerdan como si fuera ayer aquellos momentos de dolor que para muchos ya se ha mitigado, para otros siguen intactos, lo importante es que  contando sus penas, están pidiendo mas compresión, y que  a veces, resulta ser cierto que  cuando se cuentan las alegrías  es mas difícil entender el sufrimiento del otro, somos seres egoístas, pero tenemos conciencia, y ésta cada día nos recuerda el compromiso que tenemos con nuestros hermanos, es bueno tomarse un tiempo para escuchar, para que  los demás narren y entiendan su realidad. Pasa el tiempo y el pueblo sigue insistiendo en seguir siendo”, es decir, en sobrevivir ante el endurecimiento de la realidad así como lo dice Jean Améry. Hablando y  escuchando se logra recordar sin miedo, por el contrario con mucho valor, esperando que algún día la justicia llegue y haga de las suyas, pero ¿quién dará la lucha  en nombre del pueblo? Quizás las victimas, los muertos, los secuestrados y todos aquellos que han vivido en carne  propia la violencia que trae un crimen de estado.